domingo, 23 de octubre de 2022

YO NO SOY YO

 

Teniendo en cuenta que hace tiempo que crucé el “mezzo del cammin di nostra vita” y el éxito nulo que alcanzaron los escasos textos que di a la estampa, creo que ha llegado el momento de aclarar determinadas cosas que hasta ahora he mantenido en el más absoluto secreto, si exceptuamos la ocasión en que, tras una cena regada más de lo conveniente con buen rioja y otras bebidas espirituosas, las comuniqué a los comensales, que afortunadamente las tomaron por dislates de un borracho.

Adelanto que a muchos lo que voy a decir les recordará un viejo cuento de Mark Twain, lo que no quita un ápice de verdad al asunto. Creo que fue Wilde el que dijo aquello de que la naturaleza imita al arte. La naturaleza o la realidad, tanto da.

 

Veamos. Comenzaré por lo que debería ser la conclusión o parte de ella: yo no soy yo.

 

En seguida me explico.

 

Nací el 14 de diciembre de 1952 en la ciudad suiza de Constanza. Mi padre era relojero. Mi madre, maestra en un kindergarten. Lecturas de Stevenson y Melville junto al gran lago despertaron en mí la nostalgia del mar que nunca había conocido. En 1975, cuando acababa de cumplir veintitrés años, mis padres murieron en un accidente de tráfico. Vendí la relojería y me dirigí al norte. En Den Helder, ciudad de la costa holandesa, embarqué en un bacaladero. A los tres meses, una avería en el motor nos obligó a recalar en Reykjavík, donde conocí a una chica, Hildur, que me llevó a vivir a una comuna hippie. Hildur tenía una niña, conocida hoy como Björk, que se llevaba todo el día berreando ¿canciones? y soplando una flauta. Sus padres alentaban las aficiones musicales de la mocosa. Una vez les comenté, de broma, que podía dedicarse a sustituir a las sirenas... de los barcos... por el ruido que hacía. Creo que me equivoqué. La verdad es que nunca he sido un melómano. Napoleón sólo me cae bien por su afirmación, apócrifa o no, de que la música es el menos molesto de los ruidos. El caso es que mis desafortunados comentarios me obligaron a abandonar la comuna. Volví a viajar hacia el sur. Esta vez de camarero en un barco de pasaje. Allí me lié de gigoló con una vieja francesa, M.C.H., que no estaba nada mal. Y quien lo ponga en duda sólo tiene que fijarse en Cher o en Sofía Loren.

Los que conozcan más o menos bien a Félix Morales Prado, que firma este libro, dirán: todo esto es mentira. Yo conozco a Félix. Nació en Sevilla. Vivió su infancia en Punta Umbría. Estudió el bachillerato en Huelva, después en Aracena, y estuvo en la Universidad Hispalense cursando Filología. Y hasta aquí llevarán razón. Pero sólo hasta aquí. Porque fue durante esos años universitarios de Morales cuando él y yo nos encontramos en la ciudad de la Giralda. Por entonces, ya me había arrepentido del abandono de mis estudios y estaba pensando en volver a Constanza para intentar rehacer mi vida. Fue exactamente en la primavera del año 1979. Para entonces, Félix Morales había publicado sólo un librito, “Manifiesto de la inocencia herida”. Yo había salido a dar un paseo y oler el azahar por el Barrio de Santa Cruz. Entré en un bar a tomar una cerveza. Y al entrar recibí el mayor impacto de mi vida. Allí, sentado junto a un velador de mármol, hojeando un libro, estaba yo. Que se me entienda. No estaba yo. Estaba mi sosías. Un joven exactamente igual que yo. Así me pareció en un primer momento, pero lo atribuí a algún efecto de la luz. Quise cerciorarme. Me acerqué a él y lo toqué en el hombro. Ya me inventaría una excusa, pensé. Me miró y fue como mirarse en un espejo aterrado. Ambos dimos un bote reflejo.

El resto de la tarde lo pasamos entre excitadas copas sucesivas e inmersos en una apasionada conversación sobre el tema del doble. Félix y yo no teníamos sólo en común nuestros físicos idénticos. También coincidíamos en muchos de nuestros intereses. La literatura, entre ellos. A mí siempre me había gustado la idea de escribir, pero nunca me atreví a hacerlo. A partir de entonces, la necesidad de afrontar el reto me ofreció la oportunidad de cumplir mis aspiraciones. Tengo que decir que nunca logré emular, ni de lejos, a mi obligado modelo. Pero había algo que nos igualaba sobre toda otra cosa. El hartazgo de nuestras respectivas vidas. Al filo de las doce de la noche, bastante borrachos ambos, tuvimos a la par una idea que, dadas las circunstancias, era tan obvia que resultó estúpida. Eso creo hoy, ya demasiado tarde para dar ningún remedio a lo que hicimos. Intercambiamos nuestros documentos de identidad, nuestras ropas y una información pobre pero suficiente sobre nuestras vidas privadas. Y allá se fue él como si fuera yo y aquí quedé yo como si fuese él.

Tras unos primeros momentos de euforia, en los que pensé que había hecho un cambio rentable, me di cuenta de la embarazosa situación en la que me encontraba. Al día siguiente, intenté encontrar a Félix por todos los medios. Fue imposible. Pensé en ir a la policía, pero me dio miedo. Por mi condición de extranjero y por haberme avenido a una suplantación de identidad podía dar con mis huesos en la cárcel en el caso de que me creyesen. Y si no me creían, lo que era lo más probable, podía terminar en un manicomio. Eso pensé. Así que decidí asumir lo hecho. Comencé a asistir a la universidad y a perfeccionar mi español. Quien no crea lo que estoy contando puede preguntar a la familia, los amigos y la que era novia de Félix sobre su comportamiento de entonces. Un constante fracaso académico, un estado depresivo, una actitud hosca, huraña, mutismo pertinaz. Eso es lo que dirán. Pregunten, pregunten y verán. Con su novia provoqué varias broncas y separaciones por miedo a que descubriese que yo no era yo.

El tiempo fue arreglando la situación y, año y pico después, había terminado la carrera y me había casado. Tuve que fingir que era escritor y así lo hice. Publiqué poco. Y cuando publiqué, rara vez publiqué textos míos. Podrá observarse que en esa época hay una gran irregularidad en los textos de Félix Morales. Los buenos son suyos. Hay algunos malos. Los míos. Desde entonces, he ido dando a la imprenta los manuscritos que él dejó en sus cajones. Este libro es uno de ellos.

A lo mejor el lector piensa que todo lo que he contado es una invención, tal vez inspirada en un sueño. Que mi verdadero nombre no es Timo Camenzind. Que yo soy Félix Morales Prado realmente y el marinero suizo nunca existió. Bueno. Por el bien de todos, sobre todo por el mío, dejaré en el aire esa duda.

 

Nota bene: Estas líneas constituyen la introducción a un libro inédito cuyo nombre aún ignoro. En realidad, ni siquiera sé si será la introducción a ese libro, ni si llegaré a publicarlo. Intuyo que en él se albergan aspectos del alma de Morales que no sé si él querría que se aireasen. Si desde algún lugar del mundo llega a leer esto, le pido que, por favor, se ponga en contacto conmigo y me diga qué debo hacer. Al margen de tales circunstancias, mi pasión por la verdad, auténtica aunque tanto tiempo postergada,  me ha impulsado a dar a la luz este texto antes de que sea demasiado tarde.

Timo Camenzind